Lo que contamina una bicicleta

Pocos objetos hay que tengan una mejor reputación ambiental que una bicicleta. Esta máquina aparentemente tan sencilla, aunque de tecnología cada vez más compleja, es sin duda el vehículo más ecológico en el que uno puede desplazarse. Paradójicamente, la información sobre la fabricación de cualquiera de estos ingenios suele ser, salvo raras excepciones, tan escasa y opaca como la del producto más contaminante. Si uno trata de rastrear cómo se fabrica hoy en día una bicicleta, de lo único que puede estar seguro es que, ya sea de una marca española, de otro país europeo o de EEUU, en su mayor parte vendrá muy probablemente de Asia.

No existe discusión en que una de las formas más efectivas de reducir la contaminación hoy en día es usar los pedales en lugar de subirse a un vehículo a motor. No obstante, una bicicleta no deja de generar también una serie de impactos cuando se contempla todo su ciclo de vida, desde que se extraen los materiales necesarios para su fabricación hasta que se gestiona como residuo. En un estudio de 2010 del Massachusetts Institute of Technology (MIT), realizado por Shreya Dave, se estima que el uso de la bicicleta para ir a trabajar en EEUU supone generar de media 33 gramos de CO2 por pasajero y milla recorrida, una cantidad en la que se tienen en cuenta tanto el gas exhalado por el ciclista como el generado por la fabricación de la máquina o por la construcción de las infraestructuras requeridas(1). Las emisiones calculadas para la bici son las mismas que para una persona que se desplaza caminando, mientras que aumentan a 85 gramos de CO2 por pasajero y milla recorrida para un autobús lleno en hora punta, a 126 gramos para un tren, a 210 gramos para un Boeing 737, a 382 gramos para un coche tipo sedán, a 446 gramos para un deportivo, a 619 gramos para una camioneta o a 674 para un autobús con la mayoría de los asientos vacíos(2).

Aunque siempre hay que ser prudentes con estas complejas estimaciones de emisiones (y en este caso se podrían discutir algunos aspectos sobre la metodología empleada), lo cierto es que el resultado encontrado no es diferente al esperado cuando se compara una bicicleta con otros medios de transporte. Está claro que el uso de la bici es mucho mejor ambientalmente. Ahora bien, ¿qué pasa cuando el análisis se centra solo en la bicicleta? ¿Se puede conocer la huella ambiental de un determinado modelo o marca, teniendo en cuenta no solo el CO2, sino también la contaminación en su producción o el origen de los materiales empleados? Como se incidía de forma reciente en el Bike blog de The Guardian, esto resulta mucho más complicado. Se puede saber si una bicicleta está hecha de aluminio, acero, fibra de carbono…, pero resulta mucho más difícil saber de dónde ha salido ese aluminio (el usar un metal reciclado puede reducir de forma considerable el impacto) o el camino que ha seguido cada componente. Eso es ya todo un rompecabezas.

Mucho ha cambiado la manera en la que se fabrica una bicicleta. Hoy en día, da igual incluso que se trate de una marca española o extranjera, cada una de sus piezas puede venir de sitios muy distintos y su componente principal, el cuadro, habrá sido confeccionado casi con toda seguridad en el continente asiático (por empresas como Giant, Merida, Kinesis). Como explican en Orbea, marca surgida en Éibar en 1847 cuando una empresa familiar que se dedicaba a producir pistolas pasó a hacer bicicletas, en estos momentos tienen tres plantas en Mallabia (Vizcaya), Loule-Algarve (Portugal) y Kunshan (China), pero aquí no fabrican las piezas, sino que ensamblan las que vienen de otros lugares y realizan el acabado final. Como el resto de marcas, los cuadros los traen de Taiwán o China. Aún así, sus bicis llevarán la pegatina con el “Made in Spain”. “Las bicicletas se diseñan aquí, pero para conseguir precios competitivos hay que ir a Asia”, cuentan desde la empresa vasca, donde aseguran no tener información sobre el origen concreto de los materiales o sobre la forma en que se fabrican los componentes que ensamblan. “Tampoco es que compremos un cuadro asiático y le coloquemos nuestra pegatina, nosotros ponemos nuestro conocimiento y hacemos los test de calidad”, recalcan en esta empresa que afirma vender 250.000 bicicletas al año en todo el mundo y dar trabajo a 170 personas en Vizcaya (de una plantilla total de 255 empleados).

No se puede conseguir más información en la sede de Vitoria-Gasteiz de la marca BH, al contrario. En esta empresa nacida hace más de un siglo a partir de un negocio familiar, el de los Hermanos Beistegui, e igualmente relacionada en sus orígenes con la fabricación de armas, también recurren a cuadros asiáticos. Sin embargo, evitan hablar sobre sus proveedores o sobre cuestiones ambientales de la fabricación de los distintos componentes. “Comprar bicicletas de aquí estimula la economía, ya que la empresa es española y tiene los departamentos de I+D, comercial, marketing… en las oficinas de Vitoria”, contestan por escrito desde BH, donde tampoco dan cifras de ventas. “Es confidencial”.

Desde Cataluña, Artur Amat, gerente de la empresa de bicicletas más pequeña Amat, se muestra más accesible, aunque tampoco es capaz de dar más información de tipo ambiental. “Antes se fabricaban aquí todas las piezas, había productores de bujes, radios, piñones…, pero esto ya es imposible”. Como explica los cuadros de sus bicicletas son de Taiwán, los puños de Portugal, las llantas de Francia, el sillín de Italia… “Los componentes principales los escogemos en el catálogo taiwanés y luego tratamos de seguir trayendo el mayor número de piezas más pequeñas de Europa, dado que los plazos de entrega son más cortos”, detalla Amat, que reconoce que hoy es muy difícil saber escoger una marca o modelo que pudiese ser más “verde” que otras.

En el mundo globalizado esto mismo ocurre con otros muchos productos. El sitio web sourcemap.com se dedica justamente a visualizar el modo en que se fabrican distintos artículos intentando rastrear las rutas de sus distintos componentes y de las materias primas para poder indagar en su impacto ambiental. A pesar de la complejidad y la falta de información para completar los mapas sobre bicicletas, hay colgados algunos ejemplos interesantes, como uno de la marca taiwanesa Giant u otro todavía mucho más completo de la alemana Cube, en el que las ramificaciones se extienden por todo el planeta. Cuando lleguen a las tiendas, las bicicletas habrán recorrrido ya muchos kilómetros.